Domingo 1 de marzo de 2026
Letras de Arenas
Pepe
Arenas, presenta:
“Las
Peripecias, por P. Périz Copio”
POKEMONES
Mi
querido tío Herberto Copio Gómez, policía ministerial en retiro, se acordó de
mí y, además de felicitarme por mi cumple, me invitó a comer para departir con
un pariente a quien vemos muy de cuando en cuando: Saúl Copio, doctor en
biología marina, quien casó con una exalumna, Laura Luna, ahora padres de
Carlitos y Daniel, de 7 y 5 años. Ellos viven en La Paz, en Baja California
Sur.
Fue
un gran gusto abrazar a mi pariente, a quien no veía hace 12 años, según
hicimos cuentas, y por supuesto conocer a su esposa y sus pequeños. Estaban
también mi tía Lupita, esposa de Heriberto y su hija Liliana, mi prima, madre soltera,
mamá de Raúl y Carmelita.
Como
es mi costumbre, llevé una botella de mezcal Oxhoa, que elabora mi amigo Javier
Ochoategui en Puebla, con agaves de Jalisco sembrados en su parcela.
Noté
que mis nuevos sobrinos llevaban, cada uno, una playera de dos de los llamados
Pokemones, y su mamá, Laura, percibió que hice un gesto de desagrado. No lo
pude evitar.
—
¿Por qué reaccionó así, primo?
—
Oh, perdón, no pretendí que se me notara. Por favor, háblame de tú, somos
parientes.
—
Está bien, así lo haré, pero dime qué pareció disgustarte.
—
No me malinterpretes por favor Laura. Seré franco: la imagen de esas figuras
japonesas me trajo desagradables recuerdos. Me explico: hace muchos años,
cuando aparecieron los así llamados Pokemones, mis hijos eran pequeños y mi
imaginación me llevó a pensar que eran peligrosos…
Eso
le explicaba, cuando me interrumpió Liliana:
—
No lo creerás, pero en la biblioteca, en el primer piso, mi papá tiene un
ejemplar de tu artículo, ese que publicaste en La Unión de Morelos. Recuerdo
que te acompañó a la estación de radio donde trabajabas, para una entrevista
que le hiciste con ese tema.
Y
diciendo y actuando: subió y unos minutos después bajó con el viejo ejemplar
del que fue mi diario favorito –porque ahí me publicaban– y leyó:
“Fue
un despertar de horror: Bernardo, entonces de 9 años, le decía a su hermano
Mauricio, de 6 “pues yo te carbonizo con mi potente carga eléctrica y luego te
machaco la cabeza con mi rayo energético y te destazo con mi doble cuchillada”.
Recuerdo que era sábado, o quizá domingo pues aún me encontraba en mi cama. No
estaba seguro de que lo que oí fue un sueño o no. Entonces, Mauricio le
respondió a su hermano algo así como “pues antes te doy un golpe con mi
pantalla de luz trueno y te picoteo con mi cola de látigo y te ahogo con mi
bomba eléctrica”. Entendí entonces que estaba pasando: eran la encarnación
imaginaria de dos pokemones, pero no quedó ahí, pues unos minutos después
iniciaron una pelea real por uno de esos que llamaban “tazo” que incluían en las bolsas de papas que compraban en la
escuela. Recordé entonces haber escuchado en un noticiario radiofónico que un
grupo de niños de quinto año habían golpeado a una pequeñita de kínder hija de
su maestro, quien les había confiscado sus tazos
por estar jugando en el salón de clases”.
—
¡Qué barbaridad! ¿Y qué hiciste entonces?
—
No te rías, prima: intenté organizar una campaña en la escuela de mis hijos
para motivar a los padres de familia para impedir que se jugara con Pokemones
en la escuela. Así de ingenuo fui. Por supuesto que no me escucharon, sin
importar que les dije, como si fuese una premonición, que o parábamos esos
supuestos juegos japoneses cargados de violencia y odio, o en pocos años
veríamos las consecuencias.
—¿Y
qué pasó? ¿Tuvo consecuencias?
—
Bueno, no las esperadas. Con el paso de las semanas, aún los padres que
apoyaron la campañita se acostumbraron a las manifestaciones de violencia y
luego, al transcurrir del tiempo, los japoneses inundaron con sus juguetes y
los gadgets tecnológicos cargados de más violencia lo que vemos hoy: niños
rijosos y peleoneros, lo que ya es “natural”; y desde luego, no digo que mis
sobrinos lo sean, al menos eso espero.
— Por cierto, primo, este es el Año Pokemon en
todo el mundo: cumplen 30 años de vida.
Estábamos
en ese punto cuando mi tía llamó a comer y como la campaña, se diluyó el tema.
Estuvo
rica la sopa de tortuga.
josearenasmerino@gmail.com

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