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El creyente cristiano y la política: ¿servicio o pecado?

 Martes 19 de mayo de 2026

Por Darío Nin

A través de los siglos, una de las preguntas que más debates ha generado dentro de las comunidades de fe es si un creyente cristiano puede participar en política o si hacerlo constituye una desviación espiritual.

Para algunos, la política es sinónimo de corrupción, ambición y confrontación; para otros, representa un espacio desde donde también se puede servir, defender la justicia y promover el bienestar colectivo.

La interrogante no es nueva. Ya en tiempos bíblicos existía la tensión entre la vida espiritual y el poder político. Sin embargo, cuando se examinan las Escrituras con serenidad y profundidad, descubrimos que la Biblia no establece una prohibición absoluta contra la participación del creyente en los asuntos públicos. Lo que sí hace es imponer principios éticos extremadamente elevados para quien decide ejercer influencia o autoridad.

El apóstol Pablo escribió en carta a los Romanos 13:1:“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios.”
Con estas palabras se reconoce la existencia y legitimidad de las estructuras de gobierno. El orden social no es presentado como enemigo de Dios, sino como parte de la convivencia humana.

Del mismo modo, en la  Primera Carta a Timoteo 2:1-2, se exhorta a orar:
“…por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente…”

Es decir, que el creyente no debe vivir desconectado de la realidad política de su nación. Debe interesarse por ella, orar por quienes gobiernan y procurar que prevalezca la paz y la justicia.

Ahora bien, la Biblia también deja claro que ningún poder humano está por encima de Dios. Por eso, cuando las autoridades pretendieron prohibir la predicación del evangelio, Pedro respondió en Hechos de los Apóstoles 5:29:“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Ahí queda establecido el límite moral del creyente: participar sí, pero sin traicionar la conciencia, la verdad ni los principios divinos.

Muchos olvidan además que importantes personajes bíblicos ocuparon posiciones de gobierno. José administró Egipto durante una gran crisis; Daniel fue consejero de reyes en Babilonia; Nehemías ejerció liderazgo político y administrativo; y Ester utilizó su influencia para salvar a su pueblo.

Ninguno de ellos fue condenado por servir dentro de estructuras gubernamentales. Por el contrario, fueron instrumentos para preservar vidas, restaurar ciudades y defender causas justas.

El problema, entonces, no parece ser la política en sí, sino la forma en que se practica. La Biblia condena la injusticia, la corrupción y el abuso de poder. En Libro de Isaías 10:1 se lee:“¡Ay de los que dictan leyes injustas!” Y en Libro de Miqueas 6:8 se resume el verdadero compromiso del ser humano:“…hacer justicia, amar   misericordia y humillarte ante tu Dios.”

Difícilmente pueda construirse una sociedad sana si las personas de valores abandonan totalmente los espacios de decisión pública. Cuando los hombres y mujeres con principios se retiran, otros ocupan esos lugares, muchas veces sin límites éticos ni sensibilidad humana.

Jesús mismo expresó en Mateo 5:13-14: “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo.”

La sal no transforma si permanece guardada; la luz no cumple su propósito escondida. El creyente está llamado a influir positivamente allí donde se encuentre: en la familia, en la educación, en la justicia, en la economía y también, si así lo entiende su conciencia y vocación, en la vida pública.

Ahora bien, el cristiano que entra en política enfrenta grandes peligros espirituales: la idolatría del poder, el orgullo, la mentira, el fanatismo y la corrupción. Por eso debe recordar siempre que su lealtad suprema pertenece a Dios y no a partidos, líderes o intereses particulares.

La política sin valores puede convertirse en manipulación; pero la fe sin compromiso social corre el riesgo de transformarse en indiferencia.

Tal vez la verdadera pregunta no sea si el creyente puede participar en política, sino cómo debe hacerlo. ¿Buscará servirse del pueblo o servir al pueblo?
Ahí está la diferencia entre el servicio y el pecado.

Nos volveremos a ver en el camino. Hasta la próxima. Que Dios nos continúe bendiciendo.
Dr. Darío Nin

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